Esta y las siguientes preguntas serían para reflexionar acerca de lo que aporta cada una de estas dos actividades, si es relevante que el alumno pueda beneficiarse de las dos disciplinas, si una es más importante que la otra, o si está bien sustituir una por otra. La razón de preguntarnos viene dada por las manifestaciones confrontadas que existen sobre las clases colectivas.
Sin duda, elegiría ambas disciplinas. Cada una aporta al alumno experiencias y conocimientos distintos al igual que el enfoque de ambas actividades también lo son.
Se da la circunstancia que, algunos profesores de enseñanzas elementales le dan un valor escaso a la clase colectiva, sustituyendo ésta por la orquesta, dejando así a sus alumnos sin ella. Quizás, los motivos de esta decisión haya que encontrarlos en una falta de reflexión sobre lo que aportan ambas actividades, pensando que, al fin y al cabo, la clase colectiva y la orquesta son lo mismo, que consiste en tocar juntos un repertorio determinado. Otra de las razones que alegan dichos profesores es que no saben cómo realizar una clase de estas características y que además, no tienen horario para realizarla. Sin duda, esta manera de pensar transciende en la elaboración de los currículos de enseñanza. En la actualidad, el currículo de la enseñanza elemental contempla la realización de las clases colectivas, pero esto no sucede así en la enseñanza profesional dejando a la totalidad de los alumnos adolescentes sin estas clases. Mientras, e incluso en la mayor parte de los centros superiores europeos las contemplan y las realizan.
Sin embargo, en el fondo, puede traducirse como una falta de convicción sobre los beneficios que aportan a los alumnos dichas clases. En una clase colectiva, además de tocar juntos, se realizan muchas más actividades encaminadas a motivar y desarrollar en el alumno una serie de capacidades que le preparan para llegar a ser un buen músico. Le da las herramientas necesarias para poder desenvolverse en la música de cámara, orquesta y para tocar en público.
Al haber un número reducido de alumnos con respecto a la orquesta (entre 8-12 alumnos), dichas clases favorece la atención que se le puede prestar a cada uno dentro del grupo, y la agilidad con que se presentan y se llevan a cabo las actividades es mayor. En este marco, los alumnos encuentran el espacio para opinar sobre lo que hacen ellos, lo que hacen los demás, reciben valoraciones de sus compañeros, buscan soluciones entre todos sobre problemas tanto técnicos como musicales, se establecen diálogos y se discute de lo que les interesa y preocupa. Aprenden a escucharse y a escuchar a los demás; esta capacidad es necesaria no solamente para aprender música. Supone además una actitud social muy integradora, ya que escuchar a los demás quiere decir tenerlos en cuenta. Además, aprenden sobre el repertorio representativo del instrumento, acerca de violinistas actuales y de otras épocas, se comparan distintas versiones musicales, se aborda cómo debe ser enfocado el estudio diario para ser eficientes, todo ello encaminado a adquirir un buen criterio y autonomía. Colateralmente, se trabajan actitudes necesarias para el desarrollo personal, tales como, la responsabilidad, paciencia, concentración, comunicación, disciplina, respeto, trabajo en equipo, confianza, observación, atención, conocimiento de uno mismo, ...
Es por todo ello que animo a todos los profesores a que exploren y disfruten realizando estas clases que tanto aportan a nuestros jóvenes violinistas y que también las realicen para los alumnos de enseñanzas profesionales, aunque no estén contempladas en el currículo, si no se pueden llevar a cabo todas las semanas, siempre se encontrarán momentos oportunos para realizarlas.